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Publicado: 01/08/2010
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Fuente: Página 12 Turismo

Crónica de excursiones por el famoso pantanal correntino, navegando por la desembocadura del río Corriente y el arroyo Miriñay para observar en primer plano la efervescente vida de los esteros, donde conviven o se enfrentan a muerte miles de yacarés, boas curiyú, adorables carpinchos, ciervos y un sinfín de aves de colores.

Desde la localidad correntina de Mercedes hasta los Esteros del Iberá hay 120 km de planicie perfecta por un recto camino de tierra roja. Al principio reina una amarillenta aridez sin árboles y cada tanto aparecen ranchos solitarios de adobe con su corral al lado, y más adelante tranqueras frente a montes de eucaliptos rodeando el casco de una estancia ganadera. Pero sutilmente el color del paisaje comienza a cambiar hacia el verde. Y a la hora y media de viaje el suelo ya parece el pastito de un campo de golf con arbolitos pequeños como el espinillo y el curupí.

Un simple cartel en medio de la nada indica que estamos ingresando en la Reserva Provincial Esteros del Iberá. Allí se ven los primeros manchones de agua y el primer carpincho. Al rato ya todo lo que nos rodea está anegado, con los camalotes al borde mismo de la ruta, y aparecen el segundo carpincho, el tercero... hasta que llega un momento en que cada 300 metros hay una familia completa de carpinchos. Ahí nomás divisamos el primer yacaré, la primera pareja de chajás y toda clase de aves de colores que remontan vuelo al paso del micro.

Las palmeras pindó señalan que estamos muy cerca del humedal. Entre los verdes pajonales alcanzamos a descubrir a un ciervo de los pantanos con su cornamenta, a pocos metros de la ruta. Y, no lejos, un ñandú con su harén itinerante de cinco hembras avanza con sus pasos largos de bicho desgarbado y 10 charitos siguiéndolos en fila. A esta altura, sin haber llegado aún a destino, ya hemos visto tanta fauna que tranquilamente nos podríamos volver.

Pueblito correntino

Antes de llegar a Colonia Carlos Pellegrini, nuestra base para visitar los esteros, cruzamos un pedraplén que atraviesa la amplia laguna de Iberá. Allí hay un pueblito de apenas 600 habitantes que en su mayoría viven en casas de adobe. Por sus calles de arena blanca circulan vacas, patos, gallinas, muchos perros, hombres a caballo y niños montando en pony. Y el único auto que nos cruzamos fue un fitito descascarado que difícilmente podría llegar mucho más allá de los límites del pueblo.

A media tarde ya estamos instalados en una posada de Colonia Carlos Pellegrini y nos largamos a navegar en una lanchita con motor fuera de borda que cruzó como un rayo la laguna de Iberá. A los 15 minutos llegamos a la zona de los esteros y aparecieron la maraña de camalotes y los fragmentos de tierra flotante que albergan una increíble biodiversidad. Es el momento en que el guía apaga el motor y al impulso de una caña tacuara comenzamos a avanzar, silenciosamente. El silencio contribuye a una mejor observación de la fauna, aunque la verdad es que toparse con los animales no requiera de mucha ciencia ni estrategia: son tantos y están tan a la vista que no es necesario esforzarse en buscarlos. Lo más curioso es que los animales están ya tan acostumbrados a esa otra especie que los observa desde una lancha, que por más que nos acerquemos a un metro de ellos por lo general no se van.

Al recorrer los esteros se tiene el mismo nivel de proximidad con los animales que logran las cámaras de un documental: con sólo estirar el brazo se los podría tocar. Desde ya que eso no se debe hacer, aunque difícilmente alguien se atrevería a probar los reflejos de un yacaré negro al que se le ven a simple vista las claras pupilas verdes con su iris negro en forma de raya vertical y su desconcertante parpadeo lateral. En general se los ve sumergidos como asesinos al acecho junto a la lancha, con sus ojos traicioneros sobresaliendo apenas en la superficie del agua.

Una guerra cruel

Navegamos la zona del nacimiento del río Corriente, el principal desagote de las aguas de lluvia que se acumulan en esa gran hoyada de 1,3 millón de hectáreas poco profundas que son los Esteros del Iberá. En esta zona predominan los embalsados, un entretejido vegetal que flota en las aguas, originado de una acumulación de camalotes sobre los cuales el viento deposita grandes cantidades de polvo. Se forman pegados a la costa y sobre su superficie crecen toda clase de pastizales e incluso árboles pequeños como el ceibo y el laurel.

Al mirar los embalsados desde la lancha parece que la costa se mueve suavemente, arriba y abajo. Las tormentas les desprenden fragmentos enormes, conformando islas flotantes que navegan a la deriva. Luego encallan y se unen a la costa otra vez. Toda clase de fauna hace pie en los embalsados, en especial las garzas, numerosas aves y una esquiva especie de mapache llamada aguará popé u osito lavador por la forma en que mueve las manitos al escarbar el barro buscando comida.
Jugando a las escondidas, un ciervo de los pantanos espía entre los pajonales.

Sobre los embalsados transcurre gran parte de la apacible vida en los esteros. En uno mediano vemos a una pareja de yacarés aletargados al sol, mientras a 5 metros un confiado carpincho se la pasa roe que roe, un pajarito federal con el cuerpo negro y la cabeza roja aterriza en una rama seca, una luminosa garza blanca pasa a vuelo rasante, y un ciervo de los pantanos nos mira fijo a prudente distancia. Y, más allá, una parejita de felices chajás –monógamos hasta la muerte– picotean insectos con sus cinco polluelos amarillos.

Todo el tiempo parece reinar una gran armonía en los esteros, una comunión perfecta con las diferentes especies, conviviendo una al lado de la otra. Hasta que de repente a un animal le pica el hambre, da cinco pasos hacia el vecino más cercano y lanza el tarascón o el picotazo mortal. La verdad sea dicha: bajo las aguas y entre los pastizales se libra una silenciosa guerra sin cuartel basada en la irreductible ley del más fuerte. Los yacarés, por ejemplo, se trenzan con las boas curiyú y el que gana, come. Nuestro guía nos cuenta que una vez vio a un yacaré atacar a una serpiente pequeña: “La mordió justo en el centro, dio un violento tirabuzón salpicando agua y la cortó por la mitad en un parpadeo”. En otra oportunidad, el guía vio la escena contraria: “Una curiyú de las grandes envolvió a un yacaré, le fue triturando los huesos de a poco y se lo llevó al fondo de los esteros”.

Lo que más comen los yacarés son peces –”y turistas”, acota el guía–, utilizando una técnica muy sencilla: se sumergen en el agua y se quedan quietitos con la boca abierta esperando que pase un pez. Hasta que de repente... ¡plaf!, y adentro. Aunque si un día el macho no tiene ganas de cazar, es capaz de comerse a sus propias crías, a las cuales la madre intenta defender. De adultos, los yacarés no tienen depredador, pero las crías están entre las más vulnerables de los esteros. El lobito de río les come la cola y las cigüeñas yabirú se los zampan de un solo picotazo. De los 40 huevos que pone un yacaré, apenas un 30 por ciento sobreviven a las aves. De lo contrario, la superpoblación de yacarés acabaría con casi todas las demás especies.

Si de crueldades se trata –selección natural para la ciencia–, nadie está libre de pecado en este “paraíso”. Los adorables carpinchos –escrupulosamente vegetarianos ellos, no se meten con nadie– son capaces de matar a sus crías cuando tienen sarna, evitando así que contagien a los demás. Pero no todo es guerra en el humedal. Se ven también casos de hermandad entre especies distintas –comensalismo para la ciencia–, como es el caso del ciervo y un pajarito amarillo llamado picabuey, que se les posa en el lomo comiéndole los parásitos.

Arroyo Miriñay

Al día siguiente salimos a navegar otra vez, ahora por la zona del arroyo Miriñay. Lo primero que llama la atención camino al arroyo Miriñay es la vegetación. No es el paisaje plano de los embalsados sino una sucesión de montes selváticos con árboles como el lapacho rosado, el ceibo y el higuerón, además de palmeras pindó y altos cañaverales de tacuara. Esta flora crece sobre unos bancos de arena que forman hermosas playitas donde asoman la cabeza las tímidas corzuelas, un cérvido muy pequeño de los esteros. Allí vimos, al alcance de la mano, extendida sobre las ramas de un arbolito en la costa, a una boa curiyú con sus casi dos metros de largo extendidos al sol.

En un sector muy específico habitan las increíbles arañas comunitarias, que viven en grupos de a miles con sus telas que parecen cercar todo el borde de unos pastizales costeros.

El guía toma un pedazo de la tela y nos muestra que es casi tan dura como un hilo de coser, y las vemos a todas durmiendo de día una arriba de la otra, formando montoncitos acumulados sobre una red que cuelga en el aire.

Ahora nos internamos en el angosto canal del arroyo Miriñay y aparecen los embalsados otra vez. En esta zona es donde hay más yacarés y están los más grandes, algunos de casi dos metros y medio de largo. Están en sucesión a cada lado de la costa, como preparados para un festín. Cada tanto uno se sumerge y viene hacia nosotros, viboreando con la cola.

El “documental” de los Esteros del Iberá está terminando. Hemos visto fauna casi hasta el hartazgo –incluso figuritas difíciles, como la curiyú–, y lo que a una producción televisiva –incluso en Africa– le hubiera llevado meses de filmación, aquí lo vimos en tres días. Nos estamos yendo por el mismo camino de tierra roja, ya lejos de la laguna, y la fauna sigue apareciendo sin cesar: bandadas de patos, una mamá carpincho amamantando a cinco crías, una lechuza parada en el alambrado, una enorme cigüeña yabirú y un osito lavador. Es la fauna en absoluta libertad, la naturaleza virgen, como fue siempre durante millones de años, hasta hace unos dos o tres siglos. Inquieta un poco pensar que esto que vemos fue lo normal en todo el planeta, y que ya sólo existe en algunos pocos rincones aislados que se protegen por ley, donde el hombre ya no depreda porque está prohibido. Aquí, en los esteros, hay una pequeña pero esperanzadora reserva de vida. Que dure.

Fuente: Página 12 Turismo


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