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Publicado: 04/06/2010
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Fuente: Diario Ambito

Creado en 1965 para proteger la especie yatay, el parque cuenta con 8.500 hectáreas donde los visitantes se internan en la vida silvestre de la región. Es uno de los 37 parques nacionales del país y el más antiguo de los dos que existen en Entre Ríos.

Los carpinchos constituyen una de las tantas especies de mamíferos que es posible cruzarse en los caminos del parque nacional.

En el Parque Nacional El Palmar las estrellas son las palmeras. El lugar, en el kilómetro 198 de la Ruta Nacional 14, sobre la ribera del río Uruguay, resume todos los atractivos que tiene Entre Ríos: historia, playas de arena blanca, flora y fauna variadas, actividades de río y contacto de primera mano con la naturaleza.

El sitio, que emerge de golpe en la aplanada geografía de la zona por la imponente altura de las palmeras, es uno de los principales puntos turísticos de la provincia.

Al ingresar al Parque Nacional El Palmar los carteles señalan que la velocidad máxima es de 40 kilómetros por hora. La exigencia no fue impuesta para salvar los vehículos del inclemente camino de ripio, sino para proteger la fauna de la zona. La advertencia parece un formalismo hasta que, por sorpresa, el visitante divisa a un grupo de carpinchos que cruza el camino.

Anfitriones

El paso temerario de los roedores deja una lección: los hombres son bienvenidos, pero los anfitriones son los animales que habitan las selvas, bosques y pastizales. «Ellos son los lagartos overos que asoman los días de calor, las vizcachas que salen de sus cuevas a la nochecita, zorros de monte -un mamífero dócil-, ñandúes, los carpinchos que en manadas pastorean en bordes de caminos y jardines y, para completar, alrededor de 300 especies de aves que desde dos observatorios pueden apreciarse sin interferir en su comportamiento», cuenta Aristóbulo Maranta, intendente del Parque Nacional El Palmar.

En este sentido, Fernando Raffo, secretario de Medio Ambiente provincial, señala que «el avistaje de aves es una de las mejores experiencias, ya que se encuentra cerca del sesenta por ciento de las especies de nuestra provincia».

Butia yatay

Por otra parte, si bien en el lugar hay bosques de espinillos y ñandubay, pastizales, pajonales, selvas ribereñas, guayabos colorados, la vedette de la flora es la Butia yatay, «una de las más de tres mil especies de palmeras que hay en el mundo», explica Maranta. Se estima que dentro de la zona protegida hay cerca de 800 mil ejemplares de esta palmera de flores amarillas y frutos dulces. Es autóctona y llega a vivir entre 200 y 400 años.

Sin embargo, en las últimas décadas su extensión sufrió un retroceso, en parte por las especies traídas desde otros lugares. Por eso, desde la administración están llevando a cabo un «plan de control de especies exóticas invasoras. Por ejemplo, guiamos a cazadores de pueblos vecinos para mantener a raya al jabalí europeo, que se come a las pequeñas palmeras que intentan sobrevivir», explica Maranta, y agrega que «la carne luego se distribuye en escuelas de la zona».

Como indica Raffo, «la biodiversidad de esta ecorregión no sólo congrega a más de mil amantes de la naturaleza locales, sino que es la causa central del aumento del turismo extranjero en la provincia».

Centro de Visitantes

Se recomienda que el paseo por el parque comience en el Centro de Visitantes, donde además de una exposición didáctica que informa sobre los valores del área se proyecta un video explicativo que dura menos de media hora. Luego, hay varias alternativas. Para quienes gozan de andar a pie y hacer caminatas inmersos en el escenario natural, hay cinco senderos peatonales, de distinta extensión y con diferentes matices.

Hay tres que no pueden dejar de ser recorridos. Uno de ellos es La Glorieta, un camino de un kilómetro que parte desde uno de los miradores y rodea al arroyo El Palmar, que conduce a una selva ribereña y a una cascada. El segundo es El Mollar, 1.400 metros que se inician junto a la entrada del camping. En él se explica la invasión de especies vegetales exóticas y las tareas que se realizan para conservar los ambientes naturales.

El tercero es el llamado La Calera del Palmar, también de un kilómetro, donde se recoge la historia del área a través de ruinas de los indios nativos -los yaros- y construcciones jesuíticas del siglo XVII, entre las que se destaca una fábrica de cal que le da el nombre al sendero. El camino desemboca en una playa de arena clara y agua transparente sobre el río Uruguay. También están las variantes más cortas: el Yatay y arroyo El Palmar.

Además, hay otras opciones, tanto para los que no quieren gastar la suela como para los que prefieren doblar la apuesta. Los más cómodos pueden realizar el paseo en auto sin perderse los distintos miradores que se esparcen en el parque y los aventureros tienen a disposición caballos, bicicletas y hasta canoas.

Por supuesto, al igual que en todos los pueblos y ciudades que bordean al río Uruguay, se puede disfrutar de actividades náuticas y de la pesca de bogas, pejerreyes, dorados, surubíes, que se convierten en manjares puestos a las brasas de una parrilla.

Fuente: Ambito


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