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Publicado: 16/05/2010
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Fuente: Página 12

En el norte de Entre Ríos, La Paz es una ciudad tranquila dominada por el caudaloso Paraná, que la convierte en un pesquero célebre. Pero las aguas del gigante dulce también son escenario de audaces aventuras acuáticas, que pueden terminar con una sesión de relajación en las termas saladas.

Un par de días que parecen estirarse una semana, gracias a la magia tranquila del río y la soledad llena de naturaleza: no se sabe bien cómo, pero es como si el tiempo durara más, a fuerza de corte con la rutina y lejanía del mundanal ruido. La Paz, ahí donde Entre Ríos ya quiere tocarse con Corrientes, hace honor a su nombre y permite encontrar esa paz por todos lados, desde las playitas arenosas del Paraná hasta las aguas verdosas del arroyo Feliciano, pasando por la plaza céntrica o las reconfortantes termas con vista al río. No hace falta decir que tiene fama de buen pesquero; esa celebridad ya está consolidada en décadas de cumplidor pique, reflejado en capturas de considerables dorados y surubíes. Pero ahora, La Paz es también otra cosa, un buen destino para probar un fin de semana diferente, animándose a la aventura que ofrecen los remos y al descanso termal ya clásico de la tierra entrerriana.

Aguas del Paraná

San Martín, la calle principal de La Paz, desemboca en un mirador y el puerto sobre el Paraná, construido a principios del siglo XX para el amarre de los barcos de gran porte destinados al transporte de leña, granos y carbón. No en vano aquí se levanta el guinche, un elevador de altas cargas traído de Génova que es el monumento que identifica a la ciudad... aunque nunca funcionó, porque su potencia causó un apagón histórico en el primer intento de puesta en marcha.

Geográficamente, el puerto se levanta junto al arroyo Cabayú-Cuatiá (“caballo pintado”), al que llegaremos gracias a las embarcaciones y los remos de Erico, que conoce el río como la palma de su mano porque es el instructor de la escuela de canotaje paceña. Salimos del balneario municipal El Faro, donde un soleado mediodía de otoño todavía atrae a los chicos al agua, y nos adentramos 600 metros por el arroyo hasta pasar por la dársena del complejo Barlovento. Las canoas se deslizan con gracia entre los camalotes, con sus flores violáceas brotando entre las aguas rápidas del río y poniéndole contraste al verde de la vegetación sobre las barrancas y las islas. A veces, se ve sobre ellos la silueta lenta de las tortugas de río. A mitad de camino, amarramos las canoas y bajamos en las ruinas de un antiguo saladero y curtiembre de fines del siglo XIX: y se diría que la historia se repite, como con el guinche, porque a pesar de lo gigantesco de la estructura –nada de extrañar, ya que la ganadería fue siempre la base de la economía paceña– sólo funcionó durante tres años. Luego seguimos río arriba hasta la Barranca Negra, dejando a nuestra derecha el arroyo Márquez, para finalmente desandar las aguas del río hasta el punto de partida.

Si no se quiere remar la opción es navegar las aguas del Paraná en catamarán, o bien en lancha hasta la Reserva Ictícola Curuzú Chalí, que abarca 15.000 hectáreas dentro de un delta salpicado de islas. Parece que toda la calma del mundo se dio cita en este lugar de vegetación exuberante, pero en realidad la vida bulle bajo el agua, bajo los camalotes que flotan sin prisa: éste es un auténtico paraíso para la pesca, buscado por los aficionados para capturar dorados, surubíes, patíes, bagres y otras especies de variada. En la isla, además, los ceibos y sauces dan buen refugio a mamíferos acuáticos como los carpinchos y nutrias. En febrero, para la Fiesta Nacional de la Pesca Variada de Río; en abril para la Fiesta Provincial del Surubí; y en octubre para la Fiesta Provincial del Dorado, Curuzú Chalí es la estrella de La Paz.

Termas saladas

El desarrollo turístico de La Paz comenzó, de la mano de la pesca, en los años ’70. Mucho más recientemente, un nuevo impulso llegó a partir de 2003 con la apertura del complejo termal: son en total 11 piletas, algunas cubiertas y otras descubiertas, con una ubicación privilegiada a orillas del Paraná. Las aguas surgen a 1050 metros de profundidad, con una temperatura de 41°C, y se las clasifica como mineromedicinales con presencia de sulfatos, calcio, cloruros, magnesio y estroncio. De todo esto, lo primero que percibe el visitante es el altísimo nivel de salinidad, debido a su origen marino. Sin embargo, superan ampliamente al agua de mar y provocan el efecto de flotar sin esfuerzo: relax total, entonces, acompañado por el paisaje idílico y tranquilo de la puesta de sol sobre el río. El sol, un disco rojo de bordes nítidos contra el cielo despejado, se hunde de a poco como si se lo tragaran las aguas del Paraná, pero mientras las sombras cubren los parques del complejo termal las piletas siguen brindando hasta bien entrada la noche el reparador calor del agua.

La entrada a las termas está muy cerca además de uno de los puntos de acceso al Circuito Parque de la Aventura, una zona de senderos ideal para recorrer las áreas boscosas junto a las barrancas del Paraná. A pie, a caballo o en bicicleta, siempre mochila a cuestas, es un buen lugar para fotografiar plantas y flores a medida que se avanza entre la densa vegetación hasta llegar a orillas del río, donde algunos grupos de chicos prueban suerte con la caña y –como buenos paceños– desarrollan su habilidad para la pesca.

El arroyo feliciano

A la mañana siguiente, Cuchi y César –los hospitalarios dueños de la hostería Aires de Río– preparan bien temprano un desayuno casero y abundante que garantiza energías para la actividad del día: una bajada en canoa por las aguas del Arroyo Feliciano, que nace en localidad de San José de Feliciano y desemboca en el río Paraná, aguas abajo, a la altura de Santa Elena. El grupo, comandado por Jorge González, es más numeroso que el día anterior: se sumaron Amelia, oriunda de Gualeguaychú pero residente desde hace años en La Paz, donde tiene un bed and breakfast, y parte de su familia, todos expertos remeros.

Mientras nos acercamos al arroyo después de recorrer 25 kilómetros desde La Paz hasta la Estancia Santa Lucía, donde se encuentra el punto de embarque, Amelia se encarga de resumir en pocas palabras la experiencia por venir: “Uno se tiene que hacer amigo del río. El río está allí, para remarlo, para domarlo y disfrutarlo. No hay que atacarlo, sino conocerlo y entenderlo. El río va para donde él quiere. Y si uno lo respeta, puede acompañarlo”. Lo mismo vale para el Feliciano, un arroyo de llanura de régimen pluvial con una extensión total de 170 kilómetros, de los que habremos recorrido apenas 15 después de una travesía de tres horas. Colector de muchos arroyos menores, bordeado por una espesa selva en galería donde se refugian aves y muchos animales cuya presencia adivinamos más que vemos, el Feliciano corre controlado por una barranca abrupta que en general se ve sobre la margen derecha, sujeto a crecidas periódicas y con varios paisajes cambiantes y sucesivos: terrazas, en la parte más alta junto a la barranca; la costa, bastante inundable; el albardón costero y la planicie de inundación. Despacio pero seguro, siguiendo el curso tranquilo del agua, las canoas van avanzando casi sin que nos demos cuenta. Basta con esquivar, de vez en cuando, alguna rama flotante o un árbol demasiado caído sobre las aguas. Mientras tanto, detrás del monte espeso se percibe el movimiento de algún carpincho, y sobre algunas ramas se yerguen, nada tímidos, varios ejemplares de martín pescador. La curiosidad es mutua, pero si nos acercamos demasiado no tardan en volar hasta un lugar más seguro. Poco después, desembarcamos sobre una playita arenosa rodeada de monte donde los guías ya se encargaron de prender el fuego para un buen merecido almuerzo y descanso: es la hora en que empiezan a contarse historias y leyendas de La Paz; de sus familias inmigrantes y también sus adeptos masones; de sus primeras casas de citas y también de aquellos negocios que dejaron huella en la memoria popular. Parece que el tiempo está detenido, pero en realidad pasa, y pronto se hace la hora de regresar, esta vez por tierra: es que poco antes de dejar la ciudad, hay que hacerse tiempo para una última visita a las termas y el atardecer sobre el infinito Paraná, la última postal que nos llevamos como recuerdo del viaje.

Fuente: Página 12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-1805-2010-05-16.html


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